Gastrónomos
Éramos seis cenando aquella noche en la casa de Mike Schofield en Londres: Mike con su esposa e hija, mi esposa y yo, y un hombre llamado Richard Pratt.
Richard Pratt era un famoso gourmet, presidente de una pequeña sociedad gastronómica conocida por «Los epicúreos», que mandaba cada mes a todos sus miembros un folleto sobre comida y vinos. Organizaba comidas en las cuales eran servidos platos opíparos y vinos raros. No fumaba por terror a dañar su paladar, y cuando discutía sobre un vino tenía la costumbre, curiosa y un tanto rara, de referirse a éste como si se tratara de un ser viviente.
«Un vino prudente —decía—, un poco tímido y evasivo, pero prudente al fin.» O bien, «un vino alegre, generoso y chispeante. Ligeramente obsceno, quizá, pero, en cualquier caso, alegre».
Yo había coincidido en casa de Mike dos veces con Richard Pratt anteriormente. En ambas ocasiones, Mike y su esposa se habían esmerado en preparar una comida especial para el famoso gourmet y, naturalmente, esta vez no iban a hacer una excepción.
En cuanto entramos en el comedor me di cuenta de que la mesa estaba preparada para una fiesta. Los grandes candelabros, las rosas amarillas, la numerosa vajilla de plata, las tres copas de vino para cada persona, y, sobre todo, el suave olor a carne asada que venía de la cocina, hicieron que mi boca empezara a segregar saliva.
Al sentarnos recordé que, en las dos anteriores visitas de Richard Pratt, Mike siempre había apostado con él acerca del vino clarete, presionándole para que dijera de qué año era la solera de aquel caldo. Pratt replicaba que eso no sería difícil para él. Entonces Mike apostaba con él sobre el vino en cuestión. Pratt había aceptado y ganado en ambas ocasiones. Esta noche estaba seguro de que volvería a jugar otra vez, porque Mike quería perder su apuesta y probar así que su vino era conocido como bueno, y Pratt, por su parte, parecía sentir un placer especial en exhibir sus conocimientos.
La comida empezó con un plato de chanquetes dorados y fritos con mantequilla, rociados con vino de Mosela. Mike se levantó y lo sirvió él mismo, y cuando volvió a sentarse me di cuenta de que observaba atentamente a Richard Pratt. Había dejado la botella frente a mí para que pudiera leer la etiqueta. Esta decía: «Geirslay Ohligsberg, 1945.» Se inclinó hacia mí y me dijo que Geirslay era un pueblecito a orillas del Mosela, casi desconocido fuera de Alemania. Me dijo que ese vino era muy raro porque, siendo los viñedos tan escasos, para un extranjero resultaba prácticamente imposible conseguir una botella. El había ido personalmente a Geirslay el verano anterior para conseguir unas pocas docenas de botellas que consintieron en venderle.
—Dudo que lo tenga alguien más en esta comarca —dijo, mirando de nuevo a Richard Pratt—. Lo bueno del Mosela —continuó, levantando la voz— es que es el vino más adecuado para servir antes del clarete. Mucha gente sirve vino del Rin, pero los que tal hacen no entienden nada de vinos. Cualquier vino del Rin mata el delicado bouquet del clarete. ¿Lo sabían? Es una barbaridad servir un Rin antes de un clarete. Pero el Mosela… ¡Ah! ¡El Mosela es el más indicado!
Mike Schofield era un hombre de mediana edad, muy agradable. Pero era corredor de Bolsa. Para ser exacto, era un agiotista de la Bolsa y, como muchos de su clase, parecía estar un poco perplejo, casi avergonzado, de haber hecho dinero con tan poco talento. En su fuero interno sabía que no era sino un book-maker, un corredor de apuestas, un untuoso, infinitamente respetable y secretamente inescrupuloso corredor de apuestas. Suponía que sus amigos lo sabían también. Por eso quería convertirse en un hombre de cultura, cultivar un gusto literario y artístico, coleccionando cuadros, música, libros y todo lo demás. Su explicación acerca de los vinos del Rin y del Mosela formaba parte de esta cultura que él buscaba.
—Un vino estupendo, ¿verdad? —dijo, mirando insistentemente a Richard Pratt.
Yo le veía echar una furtiva mirada a la mesa cada vez que agachaba la cabeza para tomar un bocado de chanquetes. Yo casi le sentía esperar el momento en que Pratt cataría el primer sorbo, contemplaría el vaso tras haber bebido con una sonrisa de placer, de asombro, quizá hasta de duda, y entonces se suscitaría una discusión en la cual Mike le hablaría del pueblo de Geirslay.
Pero Richard Pratt no probó el vino. Estaba conversando animadamente con Louise, la hija de Mike, la cual no tenía aún dieciocho años. Estaba frente a ella, sonriente, contándole, al parecer, alguna historia de un camarero en un restaurante parisiense. Mientras hablaba, se inclinaba más y más hacia Louise, hasta casi tocarla, y la pobre chica retrocedía lo máximo que podía, asintiendo cortésmente, o más bien desesperadamente, y mirándole no a la cara sino al botón superior de su smoking.
Terminamos el pescado y la doncella empezó a retirar los platos. Cuando llegó a Pratt y vio que no había tocado su comida siquiera, dudó unos instantes. Entonces Pratt advirtió su presencia, la apartó, interrumpió su conversación y empezó a comer rápidamente, metiéndose el pescado en la boca con hábiles y nerviosos movimientos del tenedor. Cuando terminó, cogió su vaso y en dos tragos se bebió el vino para continuar en seguida su interrumpida conversación con Louise Schofield.
Mike lo vio todo. Estaba sentado, muy quieto, conteniéndose y mirando a su invitado. Su cara, redonda y jovial, pareció ceder a un impulso repentino, pero se contuvo y no pronunció palabra.
Pronto llegó la doncella con el segundo plato. Este consistía en un gran rosbif. Lo colocó en la mesa delante de Mike, quien se levantó y empezó a trincharlo, cortando las lonchas muy delgadas y poniéndolas delicadamente en los platos para que la doncella las fuera distribuyendo. Cuando hubo servido a todos, incluyéndose a sí mismo, dejó el cuchillo y se inclinó apoyando las manos en el borde de la mesa.
—Bueno —dijo, dirigiéndose a todos, pero sin dejar de mirar a Richard—, ahora el clarete. Perdónenme, pero tengo que ir a buscarlo.
—¿Vas a buscarlo tú, Mike? —dije—. ¿Dónde está?
—En mi estudio. Está destapado, para que respire.
—¿Por qué en el estudio?
—Para que adquiera la temperatura ambiente, por supuesto. Lleva allí veinticuatro horas.
—Pero ¿por qué en el estudio?
—Es el mejor sitio de la casa. Richard me ayudó a escogerlo la última vez que estuvo aquí.
Al oír su nombre Richard nos miró.
—¿Verdad que sí? —dijo Mike.
—Sí —dijo Pratt afirmando con la cabeza—, es verdad.
—Encima del fichero de mi estudio —dijo Mike—. Ese fue el lugar que escogimos. Un buen sitio en una habitación con temperatura constante. Excúsenme, por favor. Voy a buscarlo.
El pensamiento de un nuevo vino le devolvió el humor y dirigióse rápidamente a la puerta para regresar un minuto más tarde, despacio, solemnemente, llevando entre sus manos una cesta donde había una botella oscura. La etiqueta estaba invertida.
—Bueno —gritó, viniendo hacia la mesa—. ¿Y éste, Richard? Este no lo adivinará nunca.
Richard Pratt se volvió lentamente y miró a Mike; luego sus ojos descendieron hasta la botella metida en la cesta, levantó las cejas y echó hacia adelante el labio inferior con un gesto feo e imperioso.
Mientras tanto las mujeres callaban, en una especie de mutismo embarazoso y tenso.
—Nunca lo adivinará —repitió Mike—; ni en cien años.
—¿Un clarete? —preguntó Richard, como afirmándolo.
—Naturalmente.
—Entonces me imagino que será de algún pequeño viñedo.
—Puede que sí, Richard, y puede que no.
—Pero ¿es de un buen año? ¿Una de las grandes cosechas?
—Sí, eso se lo garantizo.
—Entonces no puede ser difícil —dijo Richard Pratt, recalcando las palabras, ya un poco aburrido. Sólo que, en mi opinión, había algo extraño en su forma de pronunciar, y en su aburrimiento: en sus ojos se percibía una sombra algo diabólica, y en su actitud un ansia que me provocó una cierta inquietud.
—Esta vez es realmente difícil —dijo Mike—. No le voy a coaccionar a que apueste por este vino.
—¿Por qué no?
Sus cejas se arquearon de nuevo y sus ojos adquirieron un extraño brillo.
—Porque es difícil.
—Esto no me deja en muy buen lugar.
—Mi querido amigo —dijo Mike—, apostaré con gusto si usted lo desea.
—No creo que sea tan difícil descubrirlo.
—¿Significa eso que va a apostar?
—Efectivamente, quiero apostar —dijo Pratt.
—Muy bien, lo haremos como siempre.
—No cree que pueda adivinarlo, ¿verdad?
—Con todo el respeto, no lo creo —dijo Mike. Hacía esfuerzos por mantenerse correcto. Pero Pratt no se molestó mucho en ocultar su desdén por todo el asunto.
Sin embargo, su pregunta siguiente traicionó un cierto interés.
—¿Quiere aumentar la apuesta?
—No, Richard.
—¿Apuesta cincuenta cajas?
—Sería tonto.
Mike se quedó quieto detrás de su silla en la cabecera de la mesa, cogiendo la botella embutida en su ridícula cesta. Su rostro estaba pálido y la línea de sus labios era muy fina.
Pratt estaba recostado en el respaldo de su silla, mirándole, con las cejas levantadas, los ojos medio cerrados y una ligera sonrisa en los labios. Observé de nuevo, o creí ver, algo enigmático en la cara del hombre, una sombra de ansia en sus ojos, que ocultaban cierta malignidad un tanto pueril y maliciosa.
—Entonces, ¿no quiere subir a apuesta?
—Por mí no hay inconveniente, querido amigo —dijo Mike—; apostaré lo que quiera.
Las tres mujeres y yo estábamos callados, mirando a los dos hombres. La esposa de Mike empezaba a sentirse incómoda; su boca se contraía en un mohín de disgusto y me pareció que en cualquier momento iba a interrumpirles. El rosbif estaba intacto en los platos, jugoso y humeante.
—Entonces, ¿apostaremos lo que yo quiera?
—Exactamente, le apuesto lo que quiera, si está dispuesto a mantener la apuesta.
—¿Hasta diez mil libras?
—Desde luego, si así lo desea.
Mike iba ganando confianza por momentos. Sabía ciertamente que podía apostar cualquier suma que Pratt dijera.
—Entonces, ¿apuesto yo primero? —preguntó Pratt otra vez.
—Eso es lo que he dicho.
Hubo una pausa en la cual Pratt me miró a mí y luego a las tres mujeres detenidamente. Parecía querer recordarnos que éramos testigos de la oferta.
—¡Mike! —dijo la señora Schofield rompiendo la tensión ambiental—, ¿por qué no dejas de hacer tonterías y empezamos a comer? La carne se está enfriando.
—No es ninguna tontería —dijo Pratt tranquilamente—; estamos haciendo una apuesta.
Distinguí a la doncella en segundo término con una fuente de verdura en las manos, dudando entre seguir adelante o no.
—Muy bien —dijo Pratt—, le diré qué es lo que quiero que apueste.
—Diga, pues —le respondió Mike descaradamente—, empiece.
Pratt volvió la cabeza y nuevamente una diabólica sonrisa apareció en sus labios. Luego, lentamente, mirándonos a Mike y a mí, dijo:
—Quiero que apueste para mí, la mano de su hija. Louise Schofield dio un salto de la silla.
—¡Eh! —gritó—. ¡No, esto no tiene gracia! Oye, papá, no tiene ninguna gracia.
—No te preocupes, querida —la tranquilizó su madre—; sólo están jugando.
—No bromeo —dijo Richard Pratt.
—¡Esto es ridículo! —exclamó Mike, perdiendo el control de sus nervios.
—Usted ha dicho que apostara lo que quisiera.
—¡Yo he querido decir dinero!
—No ha dicho dinero.
—Eso es lo que he querido decir.
—Pues es una lástima que no lo haya dicho. De todas formas, si se arrepiente de su oferta, no tengo inconveniente.
—No voy a retirar mi oferta, amigo mío. Lo que pasa es que usted no tiene una hija para substituir a la mía, en caso de que pierda, y aunque la tuviera, yo no me casaría con ella.
—Me alegro de oírte decir eso, querido —intervino su esposa.
—Me apuesto lo que usted quiera —anunció Pratt—. Mí casa, por ejemplo, ¿qué le parece mi casa?
—¿Cuál de ellas? —preguntó Mike, bromeando.
—La del campo.
—¿Por qué no la otra, también?
—De acuerdo, si así lo quiere usted. Las dos casas.
En aquel momento, vi dudar a Mike. Dio un paso adelante y colocó la botella sobre la mesa. Puso el salero a un lado, luego hizo lo mismo con la pimienta. Seguidamente cogió un cuchillo y durante unos segundos examinó pensativamente la hoja, colocándolo luego en su sitio otra vez. Su hija también le vio vacilar.
—Bueno, papá —gritó—. ¡No seas absurdo! Esto es una soberana tontería. Me niego a que me apostéis, como si fuera un trofeo de caza.
—Tienes mucha razón, nena —dijo su madre—. Ya está bien, Mike. Siéntate y come.
Mike no le hizo ningún caso. Miró a su hija paternalmente. Sus ojos brillaban con un gesto de triunfo.
—¿Sabes, Louise? —le dijo, sonriendo mientras hablaba—, debemos pensarlo.
—Bueno. ¡Ya está bien, papá! ¡Me niego a escucharte! ¡En mi vida he oído una cosa tan ridícula!
—Hablemos en serio, querida. Espera un momento y escucha lo que voy a decirte.
—¡No quiero oírlo!
—¡Louise, por favor! Se trata de lo siguiente: Richard ha hecho una apuesta seria, él es quien ha apostado, no yo. Si pierde, tendrá que desprenderse de sus valiosas propiedades. Espera un momento, querida, no interrumpas. La cosa es ésta: no puede ganar.
—El cree que sí.
—Ahora, escúchame, porque yo sé de qué se trata. El experto, al paladear un clarete, siempre que no sea algún vino famoso como Laffite o Latour, sólo puede dar un nombre aproximado de la viña. Naturalmente puede decir el distrito de Burdeos de donde viene el vino, sea St. Emilion, Pomerol, Graves o Médoc. Pero cada distrito tiene varias comarcas, pequeños condados, y cada condado tiene gran número de pequeños viñedos. Es imposible que un hombre pueda diferenciarlos por el gusto y el olor. No me importa decirte que éste que tengo aquí es vino de una pequeña viña rodeada de muchas otras y nunca podrá adivinarlo. Es imposible.
—No puedes asegurar eso —dijo su hija.
—Te digo que sí. Aunque no sea demasiado correcto por mi parte el decirlo, entiendo un poco de vinos. Y además, ¡por el amor del cielo!, soy tu padre y supongo que no pensarás que te voy a obligar a algo que no quieres, ¿verdad? Te estoy haciendo ganar dinero.
—¡Mike! —le replicó su mujer duramente—. ¡No sigas, Mike, por favor!
De nuevo pareció ignorarla.
—Si consientes en esta apuesta, en diez minutos poseerás dos grandes casas.
—Pero yo no quiero dos casas, papá.
—Entonces las vendes. Véndeselas a él inmediatamente. Yo lo arreglaré todo. Piénsalo, querida. Serás rica, independiente para toda la vida.
—¡Oh, papá, no me gusta! Me parece una cosa tonta.
—A mí también —dijo la madre.
Al hablar, movía la cabeza de arriba abajo como una gallina.
—Deberías avergonzarte de ti mismo, Michael, por sugerir una cosa así. ¡Llegar a apostar a tu propia hija! Mike ni siquiera la miró.
—Acepta —dijo testarudamente, mirando a la chica—. ¡Acepta!, ¡rápido! Te garantizo que no perderás.
—No me gusta eso, papá.
—Vamos, nena, ¡acepta!
Mike la forzaba más y más. Estaba inclinado hacia ella, mirándola fijamente, como si tratara de hipnotizarla.
—¿Y si pierdo? —dijo con voz ahogada.
—Te repito que no puedes perder, te lo garantizo.
—¡Oh, papá! ¿Debo hacerlo?
—Te voy a hacer ganar una fortuna, así que no lo pienses más. ¿Qué dices, Louise? ¿De acuerdo?
Por última vez, ella dudó. Luego, se encogió de hombros desesperadamente y dijo:
—Bien, acepto, siempre que me jures que no hay peligro de perder.
—¡Estupendo! —exclamó Mike—. Entonces apostamos.
Inmediatamente, Mike cogió el vino, se sirvió primero a sí mismo y luego fue llenando los vasos de los demás. Ahora todos miraban a Richard Pratt, observando su rostro mientras él cogía su vaso con la mano derecha y se lo llevaba a la nariz. Era un hombre de unos cincuenta años y su rostro no era muy agradable. Todo era boca —boca y labios—, esos labios gruesos y húmedos del sibarita profesional, con el labio inferior más saliente en el centro, un labio colgante y permanentemente abierto con el fin de recibir más fácilmente la comida y la bebida. Como un embudo, pensé yo al observarle: su boca es un embudo grande y húmedo.
Lentamente, levantó el vaso hacia la nariz.
La punta de la nariz se metió en el vaso, y se deslizó por la superficie del. vino, husmeando con delicadeza. Agitó el vino en su vaso, para poder percibir mejor el aroma. Parecía intensamente concentrado. Había cerrado los ojos y la mitad superior de su cuerpo, la cabeza, cuello y pecho parecían haberse convertido en una sensitiva máquina de oler, recibiendo, filtrando, analizando el mensaje que le transmitía la nariz, con sus aletas carnosas, eréctiles, nerviosas y sensitivas.
Observé a Mike, sentado en su silla, aparentemente despreocupado, pero atento a todos los movimientos. La señora Schofield, su esposa, estaba sentada muy erguida en el lado opuesto de la mesa, mirando de frente, con gesto de desaprobación en el rostro. Louise, la hija, había separado un poco la silla y, como su padre, observaba atentamente los movimientos del sibarita.
Durante un minuto el proceso olfativo continuó; luego, sin abrir los ojos ni mover la cabeza, Pratt acercó el vaso a su boca y bebió casi la mitad de su contenido. Después del primer sorbo, se paró para paladearlo, luego lo hizo pasar por su garganta y pude ver su nuez moverse al paso del líquido. Pero no se lo tragó todo, sino que se quedó casi todo el sorbo en la boca. Entonces, sin tragárselo, hizo entrar por sus labios un poco de aire que mezclándose con el aroma del vino en su boca pasó luego a sus pulmones. Contuvo la respiración, sacando luego el aire por la nariz; para poner finalmente el vino debajo de la lengua y engullirlo, masticándolo con los dientes, como si fuera pan.
Fue una representación solemne e impresionante, debo confesar que lo hizo muy bien.
—¡Hum! —dijo, dejando el vaso y relamiéndose los labios con la lengua—, ¡hum!, sí…, un vinito muy interesante, cortés y gracioso, de gusto casi femenino.
Tenía saliva en exceso en la boca y al hablar soltó algunos salpicones sobre la mesa.
—Ahora empezaremos a eliminar —dijo—, me perdonarán si lo hago concienzudamente, pero es que me juego mucho. Normalmente, quizá me hubiera arriesgado y hubiera dicho directamente el nombre del viñedo de mi elección. Pero esta vez debo tener precaución, ¿verdad?
Miró a Mike y le dedicó una espesa y húmeda sonrisa. Mike no le sonrió.
—En primer lugar: ¿de qué distrito de Burdeos procede este vino? No es demasiado difícil de adivinar. Es excesivamente ligero para ser St. Emilion o Graves. Desde luego, es un Médoc, no cabe duda.
»Veamos, ¿de qué comarca de Médoc procede? Esto, por eliminación, tampoco es difícil de saber. ¿Margaux? No. No puede ser Margaux, no tiene el aroma violento de un Margaux. ¿Pauillac? Tampoco puede ser Pauillac. Es demasiado tierno y gentil para ser un Pauillac. El vino de Pauillac tiene un carácter casi imperioso en su gusto. Además, para mí, Pauillac contiene un curioso y peculiar residuo que la uva toma del suelo de la viña. No, no. Este es un vino muy gentil, serio y tímido la primera vez que se prueba. Quizá sea un poco revoltoso a la segunda degustación, excitando la lengua con un poquito de ácido tánico. Después de haberlo saboreado, es delicioso, consolador y femenino, con la generosa calidad que se asocia a los vinos de la comarca de St. Julien. Indudablemente, éste es un St. Julien.
Se respaldó en la silla, puso las manos a la altura del pecho con los dedos juntos. Estaba poniéndose ridículamente pomposo, pero creo que lo hacía deliberadamente para burlarse de su anfitrión. Esperé ansiosamente a que continuara. Louise encendió un cigarrillo. Pratt le oyó rascar el fósforo y se volvió hacia ella, mirándola con ira.
—¡Por favor, no lo haga! Fumar en la mesa es una costumbre horrible.
Ella le miró, con el fósforo en la mano, observándolo fijamente con sus grandes ojos, quedando así un momento, y echándose hacia atrás otra vez, lenta y ceremoniosamente. Luego inclinó la cabeza y apagó el fósforo, pero continuó con el cigarrillo sin encender entre los dedos.
—Lo siento, querida —dijo Pratt—, pero no puedo consentir que se fume en la mesa. Ella no le volvió a mirar.
—Bueno, veamos. ¿Dónde estábamos? —dijo él—. ¡Ah, sí! Este vino es de Burdeos, de la comarca de St. Julien, en el distrito de Médoc. Hasta ahora voy bien. Pero llegamos a lo más difícil: el nombre de la viña. Porque en St. Julien hay muchos viñedos y, como ya ha señalado nuestro anfitrión anteriormente, a menudo no hay mucha diferencia entre el vino de uno y de otro, pero ya veremos.
Hizo una pausa otra vez, cerrando los ojos.
—Estoy tratando de establecer la cosecha —dijo—, si consigo esto, tendré ganada la mitad de la batalla. Bueno, veamos. Evidentemente, este vino no es de la primera cosecha de una viña, ni de la segunda. No es un gran vino. La calidad, la…, el…, ¿cómo lo llaman?: el esplendor, el poder, eso falta. Pero la tercera cosecha, ésa sí podría ser. Sin embargo, lo dudo. Sabemos que es de un buen año, nuestro anfitrión lo ha dicho. Esto lo desfigura un poco. Tengo que ser prudente, muy prudente, en este punto.
Tomó el vaso y dio otro sorbo.
—Sí —dijo, secándose los labios—, tenía razón. Es de la cuarta cosecha, ahora estoy seguro. La cuarta cosecha de un año muy bueno, bueno de verdad. Eso es lo que le dio el gusto de tercera y hasta segunda cosecha. ¡Bien! ¡Esto está mejor! ¡Nos vamos acercando! ¿Cuáles son las viñas de las cuartas cosechas de la comarca de St. Julien?
Volvió a pararse, tomó el vaso y se lo puso en los labios. Luego le vi sacar la lengua, estrecha y rosada, con la punta metiéndose en el vino, escondiéndose otra vez; era un espectáculo repulsivo. Cuando dejó el vaso, mantuvo los ojos cerrados, el rostro concentrado, sólo los labios se movían, restregándose uno contra otro como dos piezas de húmeda y esponjosa goma.
—¡Aquí está otra vez! —gritó—. Ácido tánico después de un sorbo y una sensación bajo la lengua. ¡Sí, sí, claro, ya lo tengo! El vino procede de una de esas pequeñas viñas de los alrededores de Beychevelle. Ahora recuerdo. El distrito de Beychevelle, el río, el pequeño puerto, anticuado y ridículo. Beychevelle… ¿Puede ser el mismo Beychevelle? No, no creo. No exactamente, pero debe de ser muy cerca de allí. ¿Château Talbot? ¿Puede ser Talbot? Sí, podría ser: esperen un momento.
Volvió a probar el vino y al fijarme en Mike Schofield le vi inclinarse más y más sobre la mesa, con la boca un poco abierta y sus ojos fijos en Richard Pratt.
—No. Estaba equivocado. Un Talbot viene más pronto a la memoria que ése; la fruta está más cerca de la superficie. Si es un «34», que creo que es, no puede ser Talbot. Bien, bien. Déjenme pensar. No es un Beychevelle y no es un Talbot, y sin embargo está tan cerca de ambos, tan cerca, que el viñedo debe de estar en medio. ¿Qué podrá ser?
Dudó unos momentos. Nosotros esperamos, observando su rostro. Todos, hasta la esposa de Mike, le mirábamos. Oí a la doncella poner el plato de verduras en el aparador, detrás de mí, suavemente, para no turbar el silencio.
—¡Ah! —gritó—, ¡ya lo tengo! ¡Sí, creo que lo tengo!
Por última vez probó el vino. Luego, con el vaso todavía cerca de la boca, se volvió hacia Mike y le dedicó una lenta y suave sonrisa, diciéndole:
—¿Sabe lo que es? Este es el pequeño Château Branaire-Duoru.
Mike quedó inmóvil.
—Y del año 1934.
Todos miramos a Mike, esperando que volviese la botella y nos enseñara la etiqueta.
—¿Es ésa su respuesta? —dijo Mike.
—Sí, creo que sí.
—Bueno. ¿Es o no es la respuesta final?
—Sí, es mi respuesta definitiva.
—¿Me quiere decir su nombre otra vez?
—Château Branaire-Duoru. Una pequeña viña. Un viejo castillo, lo conozco muy bien. No comprendo cómo no lo he reconocido desde el principio.
—Vamos, papá —dijo la chica—, vuelve la botella y veamos qué pasa. Quiero mis dos casas.
—Un momento —dijo Mike—, espera un momento. Parecía inquieto y sorprendido y su rostro iba palideciendo como si fuera perdiendo las fuerzas.
—¡Michael!—exclamó su esposa desde la otra parte de la mesa—. ¿Qué pasa?
—No te metas en esto, Margaret, por favor. Richard Pratt miraba a Mike con ojos brillantes. Mike no miraba a nadie.
—¡Papá! —gritó la hija angustiada—. ¡No me digas que lo ha adivinado!
—No te preocupes, querida. No hay por qué angustiarse. Supongo que fue por ‘desembarazarse de la familia por lo que Mike se volvió hacia Richard Pratt y le dijo:
—Oiga, Richard, creo que será mejor que vayamos a la otra habitación y hablemos.
—No quiero hablar —dijo Pratt, fríamente—, lo que quiero es ver la etiqueta de la botella.
Ahora sabía que había ganado, tenía la arrogancia y la apostura del ganador y me di cuenta de que se molestaría si encontraba algún impedimento.
—¿Qué espera? —le dijo a Mike—. ¡Déle la vuelta!
Entonces ocurrió: la doncella, la pequeña y fina figura de la doncella de uniforme blanco y negro, estaba de pie al lado de Richard Pratt con algo en la mano.
—Creo que son suyas, señor —dijo.
Pratt la miró y vio las gafas que ella le tendía. Dudó un momento.
—¿Son mías? Sí, seguramente, no sé…
—Sí, señor, son suyas.
La doncella era una mujer mayor, más cerca de los setenta que de los sesenta y llevaba muchos años en la casa. Puso las gafas en la mesa, a su lado.
Sin darle las gracias, Pratt las cogió y las deslizó en el bolsillo de la chaqueta, detrás del blanco pañuelo.
Pero la doncella no se retiró. Se quedó de pie, detrás de Richard Pratt. Había algo raro en ella y en la manera de quedarse allí, derecha y sin moverse. La observé con repentino interés. Su viejo rostro tenía una mirada fría y determinada, los labios apretados y las manos juntas delante de ella. La cofia en la cabeza y la blanca pechera del uniforme la hacían parecerse a un pajarito.
—Las ha dejado en el estudio —dijo. Su voz era deliberadamente correcta—, encima del fichero verde, cuando ha ido allí, solo, antes de la cena.
Sus palabras tardaron unos minutos en tomar sentido y en el silencio que siguió a ellas advertí que Mike se sentaba con tranquilidad en su silla, volviéndole el color a las mejillas, los ojos muy abiertos, la extraña curva de su boca y la blancura de las aletas de la nariz.
— ¡Bueno, Michael! —dijo su esposa—. ¡Cálmate, Michael, querido, cálmate!
Roald Dahl, “Gastrónomos”
Hombre del sur
De repente uno de los cadetes americanos se detuvo frente a nosotros. Estaba completamente mojado porque acababa de salir de la piscina. Una de las inglesas lo acompañaba.
-¿Están ocupadas estas sillas? -preguntó.
-No -contesté yo.
-¿Les importa que nos sentemos?
-No.
-Gracias -dijo.
Llevaba una toalla en la mano, y al sentarse, sacó un paquete de cigarrillos y un encendedor. Ofreció a la chica, pero ella rehusó; luego me ofreció a mí y acepté uno. El hombrecillo, por su parte, dijo:
-Gracias, pero creo que tengo un cigarro puro.
Sacó una pitillera de piel de cocodrilo y cogió un purito. Luego sacó una especie de navaja provista de unas tijerillas y cortó la punta del cigarro puro.
-Yo le daré fuego -dijo el muchacho americano, tendiéndole el encendedor.
-No se encenderá con este viento.
-Claro que se encenderá. Siempre ha ido bien.
El hombrecillo sacó el cigarro de su boca y dobló la cabeza hacia un lado, mirando al muchacho con atención.
-¿Siempre? -dijo, casi deletreando.
-¡Claro! Nunca falla, por lo menos a mí nunca me ha fallado.
El hombrecillo continuó mirando al muchacho.
-Bien, bien, así que usted dice que este encendedor no falla nunca. ¿Me equivoco?
-Eso es -dijo el muchacho.
Tendría unos diecinueve o veinte años y su cara, al igual que su nariz, era alargada. No estaba demasiado bronceado y su cara y su pecho estaban completamente llenos de pecas. Tenía el encendedor en la mano derecha, preparado para hacerlo funcionar.
-Nunca falla -dijo, sonriendo ahora porque exageraba su anterior jactancia intencionadamente-, le prometo que nunca falla.
-Un momento, por favor.
La mano que sostenía el cigarro se levantó como si estuviera parando el tráfico.
Tenía una voz suave y monótona; miraba al muchacho con insistencia.
-¿Qué le parece si hacemos una pequeña apuesta? -le dijo sonriendo-. ¿Apostaremos sobre si enciendo o no su encendedor?
-Apuesto -dijo el chico-. ¿Por qué no?
-¿Le gusta apostar?
-Sí, siempre lo hago.
El hombre hizo una pausa. A mí no me gustaba su manera de comportarse. Parecía que quería sacar algo de todo aquello y avergonzar al muchacho. Al mismo tiempo, me pareció que guardaba algún secreto.
Miró de nuevo al americano y dijo despacio:
-A mí también me gusta apostar. ¿Por qué no hacemos una buena apuesta sobre esto? Una buena apuesta -repitió recalcando.
-Oiga, espere un momento -dijo el cadete-. Le apuesto veinticinco centavos o un dólar, o lo que tenga en el bolsillo; algunos chelines, supongo.
El hombrecillo movió su mano de nuevo.
-Oígame, nos vamos a divertir: hacemos la apuesta. Luego subimos a mi habitación del hotel al abrigo del viento y le apuesto a que usted no puede encender su encendedor diez veces seguidas sin fallar.
-Le apuesto a que puedo -dijo el muchacho americano.
-De acuerdo, entonces… ¿hacemos la apuesta?
-Bien, le apuesto cinco dólares.
-No, no, hay que hacer una buena apuesta. Yo soy un hombre rico y deportivo. Ahora, escúcheme. Fuera del hotel está mi coche. Es muy bonito. Es un coche americano, de su país, un Cadillac…
-¡Oiga, oiga, espere un momento! -el chico se recostó en la hamaca y sonrió-. No puedo consentir que apueste eso, es una locura.
-No es una locura. Usted enciende su encendedor y el Cadillac es suyo. Le gustaría tener un Cadillac -el cadete seguía sonriendo.
-De acuerdo, yo apuesto mi Cadillac.
-¿Y qué apuesto yo? -preguntó el americano.
El hombrecillo quitó cuidadosamente la vitola del cigarro todavía sin encender.
-Yo no le pido, amigo mío, que apueste algo que esté fuera de sus posibilidades. ¿Comprende?
-Entonces, ¿qué puedo apostar?
-Se lo voy a poner fácil. ¿Quiere?
-De acuerdo, póngamelo fácil.
-Tiene que ser algo de lo cual usted pueda desprenderse y en caso de perderlo no sea motivo de mucha molestia. ¿Le parece bien?
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, el dedo meñique de su mano izquierda.
-¿Mi qué? -el muchacho dejó de reír.
-Sí. ¿Por qué no? Si gana se queda con mi coche. Si pierde, cojo su dedo.
-No le comprendo. ¿Qué quiere decir? ¿Que me coge el dedo?
-Se lo corto.
-¡Rayos y truenos! ¡Eso es una locura! Apuesto un dólar.
El hombrecillo se reclinó en su asiento y se encogió de hombros.
-Bien, bien, bien -dijo-. No lo entiendo. Usted dice que su mechero se enciende, pero no quiere apostar. Entonces, ¿lo olvidamos?
El muchacho se quedó quieto mirando a los bañistas de la piscina. De repente se acordó de que tenía el cigarrillo entre sus dedos. Lo acercó a sus labios, puso las manos alrededor del encendedor y lo encendió. Al momento, apareció una pequeña llama amarillenta. El americano ahuecó las manos de tal forma que el viento no pudiera apagar la llama.
-¿Me lo deja un momento? -le dije.
-¡Oh, perdón! Me olvidé de que usted también tenía el cigarrillo sin encender.
Alargué la mano para coger el encendedor y se acercó para encendérmelo él mismo.
-Gracias -le dije.
El volvió a su sitio.
-¿Se divierte? ¿Lo pasa bien? -le pregunté.
-Estupendo -me contestó-, esto es precioso.
Hubo un silencio. Me di cuenta de que el hombrecillo había hecho pensar al chico en su absurda proposición. Estaba sentado muy quieto, y era evidente que la tensión se iba apoderando de él. Empezó a moverse en su asiento, a rascarse el pecho, a acariciarse la nuca y finalmente puso las manos en las rodillas y empezó a tamborilear con los dedos. Pronto empezó a dar golpecitos con un pie, incómodo y nervioso.
-Bueno, veamos en qué consiste esta apuesta -dijo al fin-, usted dice que vamos a su cuarto y si mi encendedor se enciende diez veces seguidas, gano un Cadillac. Si me falla una vez, entonces pierdo el dedo meñique de la mano izquierda. ¿Es eso?
-Exactamente, ésa es la apuesta.
-¿Qué hacemos si pierdo? ¿Deberé sostener mi dedo mientras usted lo corta?
-¡Oh, no! Eso no daría resultado. Podría ser que usted no quisiera darme su dedo. Lo que haría sería atar una de sus manos a la mesa antes de empezar y yo me pondría a su lado con una navaja, dispuesto a cortar en el momento en que su encendedor fallase.
-¿De qué año es el Cadillac? -preguntó el chico.
-Perdón, no le entiendo.
-¿De qué año…, cuánto tiempo hace que tiene usted este Cadillac?
-¡Oh! ¿Cuánto tiempo? Sí, es del año pasado, está completamente nuevo, pero veo que no le hace gracia apostar, a los americanos no les hace mucha gracia.
Hubo una pausa. El muchacho miró primero a la inglesa y luego a mí.
-Sí -dijo duramente-. Apuesto.
-¡Magnífico! -el hombrecillo juntó las manos por un momento-. ¡Estupendo! Ahora mismo. Y usted, señor -se volvió hacia mí-, será tan amable de hacer de… ¿Cómo lo llaman ustedes? ¿Arbitro? ¿Juez?
Tenía los ojos muy claros, casi sin color, y sus pupilas eran pequeñas y negras.
-Bueno -titubeé yo-, esto me parece una tontería. No me gusta nada.
-A mí tampoco -dijo la inglesa. Era la primera vez que hablaba-. Considero esta apuesta estúpida y ridícula.
-¿Cortará de veras el dedo de este chico si pierde? -dije yo.
-¡Claro que sí! Yo le daré el Cadillac si gana. Bueno, vamos a mi habitación.
Se levantó.
-¿Quiere vestirse antes? -le preguntó.
-No -contestó el chico-. Iré tal como voy.
-Consideraría un favor que viniera usted con nosotros y actuara como árbitro.
Se volvió hacia mí.
-Muy bien, iré. Pero no me gusta nada esta apuesta.
-Venga usted también -dijo a la chica-. Venga y mirará.
El hombrecillo se dirigió por el jardín hacia el hotel. Se le veía animado y excitado, y al andar daba más saltitos que nunca.
-Vivo en el anexo -dijo-. ¿Quieren ver primero el coche? Está aquí.
Nos llevó hasta el aparcamiento del hotel y nos señaló un elegante Cadillac verde claro, aparcado en el fondo.
-Es aquel verde. ¿Le gusta?
-Es un coche precioso -contestó el cadete.
-Muy bien, vamos arriba y veamos si lo gana.
Lo seguimos al anexo y subimos las escaleras. Abrió la puerta y entramos en una habitación doble, espaciosa, agradable. Había una bata de mujer a los pies de una de las camas.
-Primero tomaremos un martini -dijo tranquilamente.
Las bebidas estaban en una mesilla, dispuestas para ser mezcladas, había una coctelera, hielo y muchos vasos. Empezó a preparar el martini.
Mientras tanto había sonado la campanilla y se oyeron unos golpecitos en la puerta seguidos de la entrada de una doncella negra.
-¡Ah! -exclamó él dejando la botella de ginebra.
Sacó del bolsillo una cartera y le dio una libra a la doncella.
-Me va a hacer un favor. Quédese con esto. Vamos a hacer un pequeño juego aquí. Quiero que me consiga dos… no, tres cosas. Quiero algunos clavos; un martillo y un cuchillo de los que emplean los carniceros. Lo encontrará en la cocina. ¿Podrá conseguirlo?
-¡Un cuchillo! -la doncella abrió mucho los ojos y dio una palmada con las manos-. ¿Un cuchillo de carnicero?
-Sí, exactamente. Vamos, por favor, usted puede encontrarme esas cosas.
-Sí, señor, lo intentaré. Haré todo lo posible por conseguir lo que pide.
Después de estas palabras salió de la habitación.
El hombrecillo fue repartiendo los martinis. Los bebimos con ansiedad.
Eramos: el muchacho delgado y pecoso, vestido únicamente con el traje de baño; la chica inglesa, rubia y esbelta, que vestía un traje de baño azul claro y no dejaba de mirar al muchacho por encima de su vaso; el hombrecillo de ojos claros con su vestido blanco, inmaculado, que miraba a la chica del traje de baño azul claro.
Yo no sabía qué hacer. La apuesta iba en serio y el hombre estaba dispuesto a cortar el dedo de su rival en caso de que perdiera. Pero, ¡diablos!, ¿y si el chico perdía? Tendríamos que llevarlo urgentemente al hospital en el Cadillac que no había podido ganar. Tendría gracia.
Según mi opinión, no habría por qué llegar a ese extremo.
-¿No les parece una apuesta muy tonta? -dije yo.
-Yo creo que es una buena apuesta -contestó el chico.
Ya se había tomado un martini doble.
-Me parece una apuesta estúpida y ridícula -dijo la chica-. ¿Qué pasará si pierde?
-No importa. Pensándolo un poco, no recuerdo haber usado jamás en mi vida el dedo meñique de mi mano izquierda. Aquí está -el chico se cogió el dedo- y todavía no ha hecho nada por mí. ¿Por qué no voy a apostármelo? Yo creo que es una apuesta estupenda.
El hombrecillo sonrió y tomó la coctelera para volver a llenar los vasos.
-Antes de empezar -dijo- le entregaré al árbitro la llave del coche.
Sacó la llave de su bolsillo y me la dio.
-Los papeles de pertenencia y seguro están en el coche -añadió.
La doncella volvió a entrar. En una mano llevaba un cuchillo de los que usan los carniceros para cortar los huesos de la carne, y en la otra un martillo y una bolsita con clavos.
-¡Magnífico! ¿Lo consiguió todo? ¡Gracias, gracias! Ahora puede marcharse.
Esperó a que la doncella cerrara la puerta y entonces puso los objetos punzantes en una de las camas y dijo: -Ahora nos prepararemos nosotros.
Luego se dirigió al muchacho: -Ayúdeme, por favor, a levantar esta mesa. La vamos a correr un poco.
Era una mesa de escritorio del hotel, una mesa corriente, rectangular, de cuatro pies por tres, con papel secante, plumas y papel. La pusieron en el centro de la habitación y retiraron las cosas de escribir.
-Ahora -dijo-, lo que necesitamos es un cordel, una silla y los clavos.
Cogió la silla y la puso al lado de la mesa. Estaba tan animado como la persona que organiza juegos en una fiesta infantil.
-Ahora hay que colocar los clavos.
Los clavó en la mesa con el martillo.
Ni el muchacho, ni la chica, ni yo, nos movimos de donde estábamos. Con nuestros martinis en las manos, observábamos el trabajo del hombrecillo. Le vimos clavar dos clavos en la mesa a seis pulgadas de distancia.
No los clavó del todo; dejó que sobresaliera una pequeña parte. Luego inspeccionó su firmeza con los dedos.
Cualquiera diría que es un brujo -pensé yo. No duda un momento sobre lo que tiene que hacer. La mesa, los clavos, el martillo, el cuchillo de cocina. Sabe exactamente lo que necesita y cómo arreglarlo.
-Ahora el cordel -dijo alargando la mano para cogerlo-. Muy bien, ya estamos dispuestos.
-Por favor, ¿quiere sentarse? -le dijo al chico.
El muchacho dejó su vaso y se sentó.
-Ahora ponga la mano izquierda entre esos dos clavos. ¡Eso es!, para que le ate la mano donde corresponda, así, muy bien. Bueno, ahora le ataré la mano a la mesa.
Puso el cordel alrededor de la muñeca del chico, luego lo pasó varias veces por la palma de la mano y lo ató fuertemente a los clavos.
Hizo un buen trabajo. Cuando hubo terminado, al muchacho le era imposible despe-gar la mano de la mesa, pero podía mover los dedos.
-Por favor, cierre el puño, excepto el dedo meñique. Tiene que dejar ese dedo alargado sobre la mesa. ¡Excelente! ¡Excelente! Ahora ya estamos dispuestos. Coja el encendedor con su mano derecha…, pero, ¡espere un momento, por favor!
Fue hacia la cama y cogió el cuchillo. Volvió y se puso al lado de la mesa, empuñando con firmeza el arma cortante.
-¿Preparados? -dijo-. Señor árbitro, puede dar la orden de comenzar.
La inglesa estaba de pie, justo detrás del muchacho, sin decir una palabra. El chico estaba sentado sin moverse, con el encendedor en la mano derecha mirando el cuchillo. El hombrecillo me miraba.
-¿Está preparado? -le pregunté al muchacho.
-Preparado.
-¿Y usted? -al hombrecillo.
-Preparado también.
Levantó la cuchilla al aire y la colocó a dos pies de distancia del chico, dispuesto a cortar. El muchacho lo observaba sin mover un miembro de su cuerpo. Simplemente frunció las cejas y lo miró ceñudamente.
-Muy bien -dije yo-, empiecen.
El muchacho me hizo una petición antes de comenzar: -¿Quiere contar en voz alta el número de veces que lo enciendo? Por favor.
-Sí, lo haré.
Levantó la tapa del encendedor y con el mismo dedo dio una vuelta a la ruedecita. La piedra chispeó y apareció una llama amarillenta.
-¡Uno! -dije yo.
No apagó la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó unos segundos antes de volverlo a encender.
-¡Dos!
El silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en el encendedor. El hombrecillo tenía el cuchillo en el aire y también miraba el encendedor.
-¡Tres!
-¡Cuatro!
-¡Cinco!
-¡Seis!
-¡Siete!
Desde luego era un encendedor de los que funcionan a la perfección. El pedernal brilló y la mecha se encendió. Observé el pulgar bajar la tapa y apagar la llama. Luego, una pausa. El pulgar volvió a subirla otra vez. Era una operación de pulgar, este dedo lo hacía todo.
Respiré, dispuesto a decir ocho. El pulgar hizo rodar la rueda, el pedernal chispeó y la pequeña llama brilló de nuevo.
-¡Ocho! -dije yo.
Al momento la puerta se abrió. Nos volvimos todos a la vez y vimos a una mujer en la puerta, una mujer pequeña y de pelo negro, bastante vieja, que se precipitó gritando: -¡Carlos, Carlos!
Le agarró la muñeca y le cogió la cuchilla, la arrojó a la cama, se apoderó del hombrecillo por las solapas de su traje blanco y lo sacudió vigorosamente, hablando al mismo tiempo aprisa y fuerte en un idioma que parecía español. Lo sacudía tan aprisa que no se lo podía ver.
Cuando paró y volvimos a ver al pequeño hombrecillo, ella le dio un empujón y lo tiró a una de las camas como si se tratara de un muñeco. El se sentó en el borde y cerró los ojos, moviendo la cabeza para ver si todavía podía torcer el cuello.
-Lo siento -dijo la mujer-, siento mucho que haya pasado esto.
Hablaba un inglés bastante correcto.
-Es horrible -continuó ella-. Supongo que todo ha ocurrido por mi culpa. Le dejé solo durante diez minutos para lavarme el cabello y volvió a hacer de las suyas.
Se la veía disgustada y preocupada.
El muchacho se estaba desatando la mano de la mesa. La inglesa y yo no decíamos ni una palabra.
-Es una seria amenaza -dijo la mujer-, donde nosotros vivimos ha cortado ya cuarenta y siete dedos de diferentes personas y ha perdido once coches. Ultimamente lo amenazaron con quitarlo de en medio. Por eso lo traje aquí.
-Sólo habíamos hecho una pequeña apuesta -murmuró el hombrecillo desde la cama.
-Supongo que habrá apostado un coche -dijo la mujer.
-Sí -contestó el cadete-, un Cadillac.
-No tiene coche, ése es el mío, y esto agrava las cosas -dijo ella-, porque apuesta lo que no tiene. Estoy avergonzada y lo siento muchísimo.
Parecía una mujer muy simpática.
-Bueno -dije yo-, aquí tiene la llave de su coche.
La puse sobre la mesa.
-Sólo estábamos haciendo una pequeña apuesta -murmuró el hombrecillo.
-No le queda nada que apostar -dijo la mujer-, no tiene nada en este mundo, nada. Por cierto, yo se lo gané todo hace ya muchos años. Me llevó tiempo, mucho tiempo, y fue un trabajo duro, muy duro, pero al final se lo gané todo.
Miró al muchacho y sonrió tristemente. Luego descubrió la mano para coger la llave que estaba encima de la mesa.
Todavía ahora recuerdo aquella mano: sólo tenía un dedo y el pulgar.
Roald Dahl, “Hombre del sur”
Galloping Foxley
Cinco días a la semana, durante treinta y seis años, he viajado en el tren de las ocho doce en dirección a la City. Nunca va demasiado lleno y me lleva hasta la estación de Cannon Street, a sólo once minutos y medio de mi oficina en Austin Friars.
Siempre me ha gustado este sistema de transporte; cada fase de mi pequeño viaje es un placer para mí. Hay una regularidad que es agradable y confortante para una persona de costumbres, y, además, sirve para escapar un poco de la rutina del trabajo diario.
Mi estación es pequeña, sólo hay unas veinte personas reunidas allí para tomar el tren de las ocho doce. Somos un grupo que casi nunca cambia y cuando en alguna ocasión un nuevo rostro aparece en la plataforma, causa murmullos de desaprobación como un nuevo pájaro en la jaula de los canarios.
Pero normalmente, cuando llego por la mañana con mis cuatro minutos de adelanto, ya están todos allí, constantes como yo, con sus sombreros, corbatas, paraguas y sus rostros peculiares, el periódico bajo el brazo, inmutables a través de los años, como los muebles de mi cuarto de estar. Me gusta.
Me gusta también mi asiento al lado de la ventana y leer el Times con el ruido del movimiento del tren. Esta parte de mi viaje dura treinta y dos minutos y parece relajar mi cerebro y mis viejos miembros, como un buen masaje. Créanme, no hay nada como la rutina y la regularidad para conservar la paz del espíritu. Yo he hecho este viaje matutino casi diez mil veces y disfruto más y más cada día.
Me he convertido en una especie de reloj: en cualquier momento puedo decir si llevamos dos, tres o cuatro minutos de retraso, y nunca tengo que levantar la vista para saber en qué estación paramos.
El paseo desde Cannon Street hasta mi oficina no es corto ni largo, un simple paseo a lo largo de las calles llenas de gente que se dirige a sus lugares de trabajo con el mismo orden que yo. Me da una sensación de seguridad moverme entre esa gente digna y respetable que se aferra a sus empleos y no se dedica a vagabundear por el mundo. Su vida, como la mía, está regulada por un reloj perfecto, a menudo nuestros caminos se cruzan a la misma hora y lugar cada día.
Por ejemplo, cuando llego a la esquina de St. Swithin’s Lañe siempre me encuentro de frente con una señora de mediana edad, con gafas plateadas, que lleva una carpeta negra en la mano, una contable de primera clase, diría yo, o posiblemente una ejecutiva de la industria textil. Al cruzar Threadneedle Street, nueve de cada diez veces me cruzo en el paso de peatones con un caballero que lleva una flor diferente en el ojal cada día. Viste pantalones negros, botines grises, y resulta claramente una persona puntual y meticulosa, probablemente un banquero o quizá un abogado como yo. Varias veces en los últimos veinticinco años, al cruzarnos en la calle, nuestros ojos se han encontrado en una mutua mirada de aprobación y respeto.
Por lo menos la mitad de las caras que se cruzan en mi camino me resultan familiares. Son caras interesantes las de mi gente, sanas, diligentes, frescas, sin ese brillo en los ojos de los llamados inteligentes que quieren cambiar el mundo de arriba abajo con sus gobiernos laboristas, medicinas sociales y todas esas cosas.
Con eso pueden comprobar que soy, en el verdadero sentido de la palabra, un hombre feliz. O ¿quizá sería mejor decir «era» un hombre feliz? Cuando escribí esta pequeña autobiografía que acaban de leer —con la intención de hacerla circular entre los empleados de mi oficina para exhortación y ejemplo— era completamente sincero conmigo mismo. Pero esto fue hace ya una semana y desde entonces algo muy peculiar ha ocurrido.
La cosa empezó el martes pasado, la misma mañana que llevaba el borrador de mi ensayo en el bolsillo; esto me parecía tan casual e inesperado que sólo puedo creer que haya sido cosa de Dios. Dios había leído mi pequeño artículo sobre «El rutinario feliz» y se había dicho a sí mismo: ya es hora de que le dé una lección. Realmente yo creo que fue eso lo que pasó.
Como decía fue el martes pasado, el primer martes después de Pascua, una templada mañana de primavera. Yo estaba subiendo la plataforma de nuestra pequeña estación con el Times bajo el brazo y el ensayo en mi bolsillo, cuando me di cuenta de que algo raro pasaba. Sentía aquella curiosa oleada de protesta iniciarse entre mis compañeros de tren. Me paré y miré a mi alrededor.
El desconocido estaba en el centro de la plataforma, con los pies separados y los brazos cruzados, mirando en torno suyo como si el andén le perteneciera. Era un hombre grande y grueso y hasta de espaldas daba una poderosa sensación de arrogancia. Definitivamente, no era uno de los nuestros. Llevaba un bastón en vez de paraguas, los zapatos eran castaños en vez de negros, el sombrero gris, ladeado. Había en toda su persona un exceso de lustre. No quise observarle más. Pasé por su lado, mirando hacia otra parte, colaborando a hacer la atmósfera más fría de lo que en realidad ya estaba.
Llegó el tren: imagínense mi horror cuando el intruso me siguió hasta mi propio compartimiento. Nadie lo había hecho desde hacía quince años. Mis colegas siempre han respetado la antigüedad. Uno de los placeres más singulares es estar solo en mi compartimiento, en una y hasta a veces dos y tres estaciones. Pero tenía a este extraño frente a mí, leyendo el Daily Mail y encendiendo una horrible pipa.
Bajé mi Times y eché una mirada a su rostro. Supongo que tendría la misma edad que yo —de sesenta y dos a sesenta y tres años—, pero tenía esa apostura desagradable, elegante, bronceada, que se ve hoy en día en los anuncios de las camisas de hombres —el cazador de leones, el jugador de polo, el escalador del Everest, el explorador tropical y el competidor de carreras de yates, se concentraban en él—; cejas oscuras, ojos huidizos, y dientes extraordinariamente blancos que sostenían una pipa. Personalmente, desconfío de los hombres elegantes. Los placeres superficiales de esta vida les llegan demasiado fácilmente y parecen los únicos responsables de su propia belleza. No me importa que una mujer sea guapa, eso es diferente, pero un hombre: lo siento, pero me parece ofensivo. En fin, aquí estaba éste, sentado frente a mí en el compartimiento. Lo estaba mirando por encima de mi periódico, cuando nuestras miradas se encontraron.
—¿Le importa que fume en pipa? —preguntó sosteniéndola con los dedos.
Eso fue todo lo que dijo, pero el sonido de su voz hizo un extraordinario efecto en mí, pues incluso di un respingo. Después tuve un estremecimiento y me quedé mirándole antes de poderle contestar:
—En este vagón se puede fumar —dije yo—, así que puede hacer lo que le plazca.
—Pensé que debía preguntar.
Otra vez aquella voz tan familiar. Hablaba con dureza y cortaba las palabras como una ametralladora. ¿Dónde la había oído antes? ¿Y por qué cada palabra me traía algo de mis lejanos recuerdos? ¡Dios mío! Contrólate. ¿Qué tontería era ésa?
El desconocido volvió a su periódico. Yo intenté hacer lo mismo, pero ya estaba desasosegado y no pude concentrarme. En lugar de esto le dirigía furtivas miradas por encima de mi periódico. Era en verdad una cara intolerable, vulgar, casi terriblemente bella, con una especie de resplandor en toda la piel. Pero ¿lo había visto o no lo había visto antes en mi vida? Empecé a pensar que sí lo conocía, porque ahora, cuando le miraba, sentía una especie de molestia que no pude explicar, algo que me recordaba el dolor y la violencia, quizá el miedo.
No hablamos más durante el viaje, pero ya se pueden imaginar que mi rutina se destruyó por completo. Mi día se había arruinado y más que eso, alguno de mis escribientes tuvo que soportar mis duras críticas, especialmente después de comer, cuando también mi digestión se puso en contra mía.
A la mañana siguiente, otra vez estaba allí, de pie frente a la plataforma, con su bastón y su pipa, su bufanda de seda y su cara desagradablemente bella. Pasé por delante de él y vi al señor Grummit, un corredor de Bolsa que había sido mi compañero durante veintiocho años. No puedo decir que haya tenido una conversación con él —somos un grupo bastante reservado en nuestra estación—, pero una crisis como ésta fue capaz de romper el hielo.
—Grummit —susurré—. ¿Quién es ese intruso?
—No sé —dijo Grummit.
—Es muy desagradable.
—Mucho.
—Espero que no venga siempre.
—¡Oh, Dios mío, no! —exclamó Grummit. Entonces llegó el tren.
Esta vez, afortunadamente, el hombre entró en otro departamento.
Pero a la mañana siguiente le tenía frente a mí de nuevo.
—Bueno —dijo él, sentándose en el asiento de enfrente—, hace un día magnífico.
De nuevo sentí otra amarga sensación en mi memoria, esta vez más fuerte que nunca, más cerca de mi recuerdo, pero todavía sin saber de qué le conocía.
Luego llegó el viernes, el último día de la semana. Recuerdo que acababa de llover cuando me dirigí a la estación, pero era uno de esos aguaceros de abril que sólo duran cinco o seis minutos. Al llegar a la plataforma todos los paraguas estaban cerrados, el sol brillaba y había grandes nubes blancas en el cielo. Sin embargo, me sentía deprimido. El recorrido ya no tenía placer para mí. Sabía que el viajero estaría allí, y efectivamente allí estaba, como si el lugar le perteneciese, moviendo su bastón hacia adelante y hacia atrás en el aire.
¡El bastón, eso era! Me detuve como si hubieran disparado.
«¡Es Foxley! —me dije interiormente—. ¡Galloping Foxley, moviendo su bastón!»
Me acerqué para mirarlo mejor. Nunca en mi vida he tenido una sorpresa más grande. Desde luego era Foxley. Bruce Foxley o Galloping Foxley, como solíamos llamarle. Lo había visto por última vez en el colegio, cuando no tenía más de doce o trece años.
En aquel momento apareció el tren, y otra vez él entró en mi compartimiento. Puso el sombrero y el bastón en la red y se sentó, procediendo a encender su pipa. Me miró a través del humo con aquellos ojos pequeños y fríos, y dijo:
—Un día caluroso, ¿verdad? Como de verano. Ya no había duda alguna con la voz. No había cambiado en absoluto, aunque las cosas que me había acostumbrado a oírle decir eran muy diferentes.
«Muy bien, Perkins —solía decir—, muy bien, idiota. Te voy a pegar otra vez, niño.»
¿Cuánto tiempo hacía de eso? Casi cincuenta años. Sin embargo, era extraordinario lo poco que habían cambiado sus facciones. La misma barbilla arrogante, las aletas de la nariz, aquellos ojos que miraban fijamente, quitándole a uno la tranquilidad; la misma costumbre de enfrentarse con uno empujándolo a un rincón; hasta el pelo era el de entonces, grueso y ligeramente ondulado, con un poco de brillantina como una ensalada bien aderezada. Solía tener una botella de loción para el pelo en el pupitre del estudio. Esa botella tenía el escudo de armas en la etiqueta y el nombre de una tienda de Bond Street; debajo de ello, con letras pequeñas se leía: «Por nombramiento. Peluqueros de Su Majestad el rey Eduardo VII.»
Recuerdo esto en particular porque me parecía gracioso que una tienda quisiera presumir de ser el peluquero de alguien prácticamente calvo, aunque ese alguien fuese un monarca.
Ahora estaba recostado en su asiento leyendo el periódico. Era una sensación curiosa sentarse al lado de ese hombre que cincuenta años atrás me había hecho tan desgraciado, como para hacerme pensar en el suicidio. No me había reconocido: no había peligro de ello, por mis bigotes. Me sentía seguro y a salvo para poderlo observar como quisiera.
Rememorando, no hay duda de que sufrí mucho en manos de Bruce Foxley en el primer año de colegio y, cosa extraña, el causante de todo fue mi padre. Yo tenía doce años y medio cuando fui por primera vez a ese estupendo colegio público. Esto sería, veamos, en 1907. Mi padre, con su abrigo habitual y su bufanda de seda, me acompañó a la estación y recuerdo que estábamos de pie en la plataforma entre montones de maletas y baúles y miles de muchachos hablando unos con otros en voz alta, cuando de repente alguien que quería pasar le dio a mi padre un gran empujón y casi le pisó.
Mi padre, hombre cortés y digno, de baja estatura, se volvió con sorprendente velocidad y cogió al culpable por la muñeca.
—¿No os enseñan mejores formas que éstas en la escuela, chico? —dijo.
El muchacho, que le pasaba a mi padre la cabeza, le miró fríamente y con arrogancia, pero no dijo nada.
—Me parece que una disculpa sería lo más adecuado —continuó mi padre.
Pero el chico no hizo más que quedársele mirando con una sonrisa arrogante en los labios y su barbilla cada vez más prominente.
—Me sorprende que seas un muchacho tan mal educado —dijo mi padre— y espero que seas la excepción del colegio; no me gustaría que mi hijo adquiriera esas costumbres.
Al oír esto, el muchacho inclinó la cabeza ligeramente en mi dirección y un par de pequeños y fríos ojos me miraron fijamente. Yo no estaba asustado en aquel momento. No tenía ni idea del poder que ejercían los chicos mayores sobre los pequeños en los colegios privados y recuerdo que le miré con descaro, defendiendo a mi padre, a quien adoraba y respetaba.
Cuando mi padre quiso comenzar a hablar otra vez, el chico le volvió la espalda, cruzó la plataforma y desapareció.
Bruce Foxley nunca olvidó este episodio; y lo realmente desafortunado fue que cuando llegamos al colegio me encontré en el mismo edificio que él. Peor que eso, estaba en su misma sala de estudios. El cursaba el último año, era el prefecto y por lo tanto tenía permitido oficialmente pegar a los que estaban a sus órdenes, por lo que yo me convertí en su esclavo personal y particular. Yo era su criado, le cocinaba y se lo hacía todo. Mi trabajo consistía en que él nunca tuviese que levantar un dedo a menos que fuera absolutamente necesario. En ninguna sociedad que yo conozca en el mundo, los criados son tratados como lo éramos nosotros por los prefectos del colegio. Cuando hacía frío, tenía que sentarme en el water (que estaba en un anexo sin calefacción) cada mañana después del desayuno, para calentarlo antes de que entrara Foxley.
Recuerdo que solía vagar por la habitación con su manera elegante y despreocupada. Si encontraba una silla en su camino le daba una patada; luego tenía yo que correr detrás de él para recogerla inmediatamente. Vestía camisas de seda y también llevaba un pañuelo de seda en la manga. Sus zapatos estaban confeccionados por alguien llamado Lobb (también tenían etiqueta real). Eran puntiagudos y tenía que cepillarlos durante cinco minutos cada día, para que brillasen.
Pero los peores recuerdos eran los del vestuario. Todavía me recuerdo a mí mismo, pálida sombra de un muchacho detrás de la puerta de aquel gran cuarto, con mi pijama, las zapatillas y un batín pardo de pelo de camello. Una sola bombilla eléctrica colgaba del techo y alrededor de las paredes las camisetas negras y amarillas de fútbol, con el olor a sudor llenando la habitación, y la voz tan temida que decía:
—Bueno, ¿qué va a ser esta vez? ¿Seis con la bata puesta o cuatro sin ella?
Nunca pude contestar a esa pregunta. Me quedaba mirando los sucios azulejos, muerto de miedo e incapaz de pensar en nada que no fuera ese muchacho más fuerte que iba a empezar a pegarme inmediatamente, con su largo y fino bastón: lenta, hábil y legalmente; recreándose hasta hacerme sangrar. Cinco horas antes había intentado, sin llegar a conseguirlo, encender el fuego del estudio. Me había gastado el dinero de la semana en una caja de fósforos especiales, había puesto un periódico tapando la boca de la chimenea para crear una corriente de aire, me había arrodillado junto al fuego y había soplado hasta hacerme cisco los pulmones: pero el carbón no quería arder.
—Si te retrasas en contestar, tendré que decidir por ti —decía la voz.
Yo quería contestar porque sabía cuál tenía que escoger, es lo primero que se aprende al llegar. Hay que tener siempre la bata puesta y aceptar los golpes extra, de lo contrario es casi seguro que te cortan. Hasta tres con la bata puesta, es mejor que uno sin ella.
—Quítate la bata, ve a la esquina y tócate los dedos de los pies. Te voy a dar cuatro.
Me la quitaba lentamente y la ponía en una percha, encima de los armarios de las botas. Luego iba frío y desnudo en mi pijama de algodón, temblando. A mi alrededor todo se volvía de repente brillante y lejano, como un cuadro mágico, grande, irreal, como flotando sobre las aguas.
—Vamos. ¡Toca los dedos de los pies! ¡Más cerca, más cerca!
Luego iba hacia el otro extremo del vestuario y yo le observaba por entre mis piernas. Desaparecía por la puerta que daba a lo que nosotros llamábamos «el pasaje de las fuentes». Era un pasillo de piedra con fuentes para lavarse y al final estaba el cuarto de baño. Cuando Foxley desaparecía, yo sabía que iba a la otra parte del pasaje de la fuente; siempre lo hacía así. Bueno, en la distancia, pero haciendo eco en las fuentes y los grifos, oía el ruido de sus zapatos en el suelo de piedra cuando corría, y a través de mis piernas le veía atravesar el cuarto de estar y venir hacia mí, con el rostro inclinado hacia adelante y el bastón en el aire. En ese momento yo cerraba los ojos esperando el golpe y diciéndome a mí mismo que, pasara lo que pasara, no debía levantarme.
Cualquiera a quien hayan pegado de verdad, asegurará que el verdadero dolor no llega hasta ocho o diez segundos después del golpe. El golpe en sí es un simple bastonazo en la espalda, que te entumece por completo. Me han dicho que una herida de bala produce la misma sensación. Pero después, ¡Dios mío! parece como si alguien pusiese un atizador ardiendo en las des nudas nalgas y es completamente imposible ponerse la mano en el sitio dolorido.
Foxley lo sabía y retrocedía lentamente antes del siguiente golpe, para que yo pudiera sentir de lleno el golpe anterior.
Al cuarto golpe, invariablemente, me levantaba sin poderlo remediar. Era la reacción automática de un cuerpo que ya no puede resistir más.
—Te has levantado —decía Foxley—, éste no cuenta. Vamos. ¡Agáchate!
La vez siguiente tenía que agarrarme a los tobillos.
Después me observaba al ir, muy erguido y tocándome la retaguardia, a ponerme la bata. Trataba de mantenerme de espaldas a él para que no pudiera ver mi cara. Cuando yo iba a salir, decía:
—¡Eh, tú, vuelve!
Yo ya estaba en el pasillo, pero me paraba y me volvía hacia la puerta, esperando.
—Ven aquí, vamos, vuelve. ¿No se te ha olvidado nada?
De lo único que me acordaba era del horrible dolor que sentía.
—Me sorprende que seas un chico tan mal educado —decía imitando la voz de mi padre—. ¿No te enseñan mejores modos en el colegio?
—Gracias —murmuraba yo—, gra… cías por pegarme.
Luego subía las escaleras que llevaban al dormitorio. Entonces todo iba mejor porque había pasado un rato y el dolor iba disminuyendo. Mis compañeros me trataban con simpatía, recordando las veces que les había pasado lo mismo.
—A ver, Perkins, enséñame.
—¿Cuántos te ha dado?
—Cinco, ¿verdad? Lo hemos oído desde aquí.
—Vamos, chico, enséñanos las señales.
Me quitaban el pijama y dejaba que aquel grupo de expertos examinara mis heridas.
—Están bastante separadas, ¿verdad? No son del estilo de Foxley.
—Esas dos están muy cerca, casi tocándose. Mira. ¡Estas son preciosas!
—Esta de aquí abajo es horrible.
—¿Se ha ido hasta el pasaje de la fuente para empezar a correr?
—Te ha dado uno más por haberte levantado, ¿verdad?
—¡Caramba! Ese Foxley la ha tomado contigo.
—Sangra un poco, yo creo que deberías lavártela.
Entonces se abría la puerta y allí estaba Foxley. Todos se dispersaban y pretendían estar lavándose los dientes o rezando sus oraciones, mientras yo quedaba en el centro de la habitación con los pantalones bajados.
—¿Qué pasa aquí? —solía decir Foxley, dando una rápida mirada a toda la habitación—. ¡Tú, Perkins! Súbete los pantalones y métete en la cama.
Y ése era el final de un día.
Durante la semana nunca tenía un momento para mí.
Si Foxley me veía coger una novela o abrir mi álbum de sellos en el estudio, me mandaba en seguida algo que hacer.
Una de sus diversiones favoritas, especialmente cuando llovía, era:
—¡Oh, Perkins! ¿Verdad que quedaría muy bonito un ramo de lirios blancos y salvajes encima de mi mesa?
Los lirios salvajes crecían al lado de Orange Ponds. Orange Ponds estaba a tres kilómetros por la carretera y uno a campo traviesa. Me levantaba de mi silla, me ponía el impermeable y el sombrero de paja, cogía el paraguas y emprendía la marcha. El sombrero de paja se tenía que llevar puesto siempre que se saliera, pero se estropeaba por completo con la lluvia, por lo tanto el paraguas era necesario para proteger el sombrero. Por otra parte, no se puede sostener un paraguas con la cabeza, mientras se trepa de aquí para allá, buscando lirios. Para salvar mi sombrero tenía que ponerlo en tierra, bajo el paraguas, mientras buscaba las flores. De esta forma cogí muchos resfriados.
Pero el día más temido era el domingo. El domingo era el día en que limpiaba el estudio. Recuerdo perfectamente el terror de aquellas mañanas, la limpieza a fondo y luego esperar a que Foxley viniera a inspeccionar.
—¿Has acabado? —preguntaba.
—Creo…, creo que sí.
Entonces iba al cajón de su mesa y sacaba un guante blanco, ajustándose bien los dedos. Yo me quedaba quieto, observándole y temblando, mientras él iba por la habitación, pasando su dedo enguantado por los marcos de los cuadros, por las esquinas, los estantes, los marcos de las ventanas, las pantallas de las lámparas. Yo no separaba la vista de ese dedo, que para mí era un instrumento de muerte. Casi siempre se las arreglaba para encontrar una brizna de polvo que yo había pasado por alto o ni siquiera había visto, y cuando esto ocurría Foxley se volvía lentamente sonriendo con aquella sonrisa que no era tal, y, levantando el blanco dedo para que pudiera ver por mí mismo el polvo que había recogido, decía:
—Bien. Eres muy perezoso, ¿verdad? Yo no contestaba.
—Creí que lo había limpiado todo.
—Y ¿eres o no eres un chico perezoso?
—Sss… Sí.
—Pero a tu padre no le gustaría que crecieras así, ¿verdad? Tu padre es muy especial con respecto a la educación. No contestaba.
—Te he preguntado que si tu padre es muy especial con respecto a la educación.
—Quizá sí.
—Por lo tanto te haré un favor si te castigo, ¿verdad?
—No lo sé.
—¿Verdad que sí?
—Sss… Sí.
—Nos encontraremos después de las oraciones en el vestuario. El resto del día era una continua agonía esperando a que llegara la noche.
¡Dios mío! Con qué claridad venía todo a mi memoria ahora. El domingo era también el día de escribir cartas:
Queridos papá y mamá:
Muchas gracias por vuestra caria. Espero que los dos estéis bien, yo me encuentro perfectamente, excepto que estoy resfriado porque me cogió la lluvia, pero pronto estaré bien. Ayer jugamos contra Shrewsbury y les ganamos por 4-2. Yo miraba y Foxley, que como ya sabéis es el director de nuestra casa, metió uno de los goles. Muchas gracias por el pastel.
Cariñosamente,
WILLIAM
Generalmente iba al lavabo o al cuarto de baño a escribir la carta; cualquier lugar fuera del camino de Foxley era bueno, pero tenía que cronometrar el tiempo. El té era a las cuatro y media y las tostadas de Foxley tenían que estar preparadas. Todos los días tenía que hacerle tostadas a Foxley y como en los días de entre semana no se permitía fuego en el estudio, todos los chicos tenían que tostar el pan para sus prefectos en el pequeño hornillo de la biblioteca, buscando un hueco por donde colarse. En estas condiciones tenía que procurar que las tostadas de Foxley estuvieran: 1.°, crujientes; 2.°, sin quemar, y 3.°, calientes y listas a tiempo. La falta de alguno de estos requisitos era castigada con golpes.
—Oye, tú, ¿qué es eso?
—Una tostada.
—¿Es ésa la idea que tú tienes de las tostadas?
—Pues…
—Eres demasiado perezoso para hacerlo bien, ¿verdad?
—Intento hacerlo.
—¿Sabes lo que se le hace a un caballo perezoso, Perkins?
—No.
—¿Eres un caballo?
—No.
—Bueno, de todas maneras eres un burro. ¡Ja, ja, ja…! Estás en la clasificación. Te veré luego.
¡Oh, qué angustia la de aquellos días! Quemar las tostadas de Foxley significaba una paliza, así como olvidar quitar el barro de sus botas de fútbol, no colgar su uniforme de deporte, enrollar su paraguas de diferente forma a como él lo hacía, cerrar la puerta del estudio de golpe cuando Foxley estaba trabajando, ponerle el agua del baño demasiado caliente, no limpiar bien los botones de su uniforme, no dejarle brillantes las suelas de los zapatos, dejar su estudio desordenado a cualquier hora. En realidad, desde el punto de vista de Foxley, yo era una permanente ofensa, digno de una paliza.
Miré por la ventana. ¡Dios mío, estábamos llegando! Debí haber estado soñando mucho tiempo, ni siquiera había abierto el Times; Foxley todavía estaba recostado frente a mí leyendo el Daily Mail y por entre el humo que emanaba de su pipa, pude ver la mitad de su cara que sobresalía del periódico, sus ojos pequeños y brillantes, la frente arrugada y su pelo ondulado.
Mirarle ahora después de tanto tiempo era una experiencia peculiar y sorprendente. Sabía que ya no era peligroso, pero los viejos recuerdos todavía subsistían y no me sentía muy a gusto en su presencia. Era algo así como estar en una jaula con un tigre manso.
«¿Qué tontería es ésta? —me dije a mí mismo—. No seas tan estúpido. Cielos, si quisieras podrías decirle lo que pensabas de él y no tendría derecho a tocarte ni un dedo.» ¡Era una idea fantástica!
Sólo que… bueno, después de todo no valía la pena. Yo me sentía demasiado viejo para esto y en realidad ya no le odiaba.
Entonces, ¿qué iba a hacer? No iba a quedarme mirando como un idiota.
En aquel momento se me ocurrió otra idea.
Lo que me gustaría hacer, me dije a mí mismo, sería inclinarme hacia él, darle unos golpecillos en la rodilla y decirle quién era. Luego observaría su cara. Después empezaría a hablar de nuestros antiguos días de colegio, hablando lo suficientemente alto para que la gente del vagón lo oyera. Le recordaría, como en broma, algunas de las cosas que me hacía y hasta quizá describiera las palizas en el vestuario, para que se sintiera molesto. No le vendría mal un poco de angustia y bochorno. A mí, en cambio, me vendría muy bien.
De repente, levantó la vista y nos miramos los dos. Era ya la segunda vez que sucedía y vi un relámpago de irritación en sus ojos.
Bien, me dije a mí mismo, adelante, pero sé agradable, sociable y educado. De esta forma serás más efectivo, más embarazoso para él.
Le sonreí y le hice una ligera inclinación de cabeza. Luego, levantando la voz, dije:
—Discúlpeme, me gustaría presentarme. Me incliné, mirándolo atentamente para no perderme su reacción.
—Me llamo Perkins, William Perkins, estuve en Repton en 1907.
Los que estaban en nuestro vagón se callaron y me di cuenta de que escuchaban y esperaban los próximos acontecimientos.
—Encantado de conocerle —dijo, bajando el periódico hasta su regazo—. Yo me llamo Fortescue, Jocelyn Fortescue. Eton, 1916.
Cordero asado
La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.
Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.
Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.
Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.
—¡Hola, querido! —dijo ella.
—¡Hola! —contestó él.
Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.
—¿Cansado, querido?
—Sí —respondió él—, estoy cansado.
Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.
Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.
—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.
—Siéntate —dijo él secamente.
Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.
—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.
—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.
El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.
—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.
—No —dijo él.
—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.
Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.
—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.
—No quiero —dijo él.
Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.
—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.
—No me apetece —dijo él.
—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.
Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.
—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.
—Vamos —dijo él—, siéntate.
Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.
—Tengo algo que decirte.
—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?
El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.
—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.
Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.
—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.
Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.
—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.
Esta vez él no contestó.
Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.
Era una pierna de cordero.
Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.
Se detuvo.
—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.
En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.
La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.
Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.
«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»
Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?
Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.
Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.
—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.
—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.
Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.
Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.
—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.
—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?
—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.
El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.
—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.
—¿Quiere carne, señora Maloney?
—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.
—¡Oh!
—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?
—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?
—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.
—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?
—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?
El hombre echó una mirada a la tienda.
—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.
—Magnífico —dijo ella—, le encanta.
Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:
—Gracias, Sam. Buenas noches.
Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.
«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»
Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.
—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.
Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.
Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:
—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!
—¿Quién habla?
—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.
—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?
—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.
—Iremos en seguida —dijo el hombre.
El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.
—¿Está muerto? —preguntó ella.
—Me temo que sí… ¿qué ha ocurrido?
Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.
Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.
Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.
—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.
Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.
«…, parecía normal…, muy contenta…, quería prepararle una buena cena…, guisantes…, pastel de queso…, imposible que ella…»
Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.
—No —dijo ella.
No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.
—Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.
—No —dijo ella.
Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.
La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.
—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.
Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.
—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?
—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.
—¿Y un atizador?
—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.
La búsqueda continuó.
Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.
—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?
—Sí, claro. ¿Quiere whisky?
—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.
—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.
—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.
Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.
El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:
—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?
—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!
—¿Quiere que vaya a apagarlo?
—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.
Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.
—Jack Nooan —dijo.
—¿Sí?
—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?
—Si está en nuestras manos, señora Maloney…
—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.
—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.
—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.
Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.
—¿Quieres más, Charlie?
—No, será mejor que no lo acabemos.
—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.
—Bueno, dame un poco más.
—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.
—Por eso debería ser fácil de encontrar.
—Eso es lo que a mí me parece.
—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:
—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.
—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?
En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.
Roald Dahl, “Cordero asado”
Apuestas
En la mañana del tercer día el mar se calmó. Hasta los pasajeros más delicados —los que no habían salido desde que el barco partió—, abandonaron sus camarotes y fueron al puente, donde el camarero les dio sillas y puso en sus piernas confortables mantas. Allí se sentaron frente al pálido y tibio sol de enero.
El mar había estado bastante movido los dos primeros días y esta repentina calma y sensación de confort habían creado una agradable atmósfera en el barco. Al llegar la noche, los pasajeros, después de dos horas de calma, empezaron a sentirse comunicativos y a las ocho de aquella noche el comedor estaba lleno de gente que comía y bebía con el aire seguro y complaciente de auténticos marineros.
Hacia la mitad de la cena los pasajeros se dieron cuenta, por un ligero balanceo de sus cuerpos y sillas, de que el barco empezaba a moverse otra vez. Al principio fue muy suave, un ligero movimiento hacia un lado, luego hacia el otro, pero fue lo suficiente para causar un sutil e inmediato cambio de humor en la estancia. Algunos pasajeros levantaron la vista de su comida, dudando, esperando, casi oyendo el movimiento siguiente, sonriendo nerviosos y con una mirada de aprensión en los ojos. Algunos parecían despreocupados, otros estaban decididamente tranquilos, e incluso hacían chistes acerca de la comida y del tiempo, para torturar a los que estaban asustados. El movimiento del barco se hizo de repente más y más violento y cinco o seis minutos después de que el primer movimiento se hiciera patente, el barco se tambaleaba de una parte a otra y los pasajeros se agarraban a sus sillas y a los tiradores como cuando un coche toma una curva.
Finalmente el balanceo se hizo muy fuerte y el señor William Botibol, que estaba sentado a la mesa del sobrecargo, vio su plato de rodaballo con salsa holandesa deslizarse lejos de su tenedor. Hubo un murmullo de excitación mientras todos buscaban platos y vasos. La señora Renshaw, sentada a la derecha del sobrecargo, dio un pequeño grito y se agarró al brazo del caballero.
—Va a ser una noche terrible —dijo el sobrecargo, mirando a la señora Renshaw—, me parece que nos espera una buena noche.
Hubo un matiz raro en su modo de decirlo.
Un camarero llegó corriendo y derramó agua en el mantel, entre los platos. La excitación creció. La mayoría de los pasajeros continuaron comiendo. Un pequeño número, que incluía a la señora Renshaw, se levantó y echó a andar con rapidez, dirigiéndose hacia la puerta.
—Bueno —dijo el sobrecargo—, ya estamos otra vez igual.
Echó una mirada de aprobación a los restos de su rebaño, que estaban sentados, tranquilos y complacientes, reflejando en sus caras ese extraordinario orgullo que los pasajeros parecen tener, al ser reconocidos como buenos marineros.
Cuando terminó la comida y se sirvió el café, el señor Botibol, que tenía una expresión grave y pensativa desde que había empezado el movimiento del barco, se levantó y puso su taza de café en el sitio donde la señora Renshaw había estado sentada, junto al sobrecargo. Se sentó en su silla e inmediatamente se inclinó hacia él, susurrándole al oído:
—Perdón, ¿me podría decir una cosa, por favor? El sobrecargo, hombre pelirrojo, pequeño y grueso, se inclinó para poder escucharle.
—¿Qué ocurre, señor Botibol?
—Lo que quiero saber es lo siguiente…
Al observarlo, el sobrecargo vio la inquietud que se reflejaba en el rostro del hombre.
—¿Sabe usted si el capitán ha hecho ya la estimación del recorrido para las apuestas del día? Quiero decir, antes de que empezara la tempestad.
El sobrecargo, que se había preparado para recibir una confidencia personal, sonrió y se echó hacia atrás, haciendo descansar su cuerpo.
—Creo que sí, bueno… sí —contestó.
No se molestó en decirlo en voz baja, aunque automáticamente bajó el tono de voz como siempre que se responde a un susurro.
—¿Cuándo cree usted que la ha hecho?
—Esta tarde. El siempre hace eso por la tarde.
—Pero ¿a qué hora?
—¡Oh, no lo sé! A las cuatro, supongo.
—Bueno, ahora dígame otra cosa. ¿Cómo decide el capitán cuál será el número? ¿Se lo toma en serio?
El sobrecargo miró al inquieto rostro del señor Botibol y sonrió, adivinando lo que el hombre quería averiguar.
—Bueno, el capitán celebra una pequeña. conferencia con el oficial de navegación, en la que estudian el tiempo y muchas otras cosas, y luego hacen el parte.
El señor Botibol asintió con la cabeza, ponderando esta respuesta durante algunos momentos. Luego dijo:
—¿Cree que el capitán sabía que íbamos a tener mal tiempo hoy?
—No tengo ni idea —replicó el sobrecargo. Miró los pequeños ojos del hombre, que tenían reflejos de excitación en el centro de sus pupilas.
—No tengo ni idea, no se lo puedo decir porque no lo sé.
—Si esto se pone peor, valdría la pena comprar algunos números bajos. ¿No cree?
El susurro fue más rápido e inquieto.
—Quizá sí —dijo el sobrecargo—. Dudo que el viejo apostara por una noche tempestuosa. Había mucha calma esta tarde, cuando ha hecho el parte.
Los otros en la mesa habían dejado de hablar y escuchaban al sobrecargo mirándolo con esa mirada intensa y curiosa que se observa en las carreras de caballos, cuando se trata de escuchar a un entrenador hablando de su suerte: los ojos medio cerrados, las cejas levantadas, la cabeza hacia adelante y un poco inclinada a un lado. Esa mirada medio hipnotizada que se da a una persona que habla de cosas que no conoce bien.
—Bien, supongamos que a usted se le permitiera comprar un número. ¿Cuál escogería hoy? —susurró el señor Botibol.
—Todavía no sé cuál es la clasificación —contestó pacientemente el sobrecargo—, no se anuncia hasta que empieza la apuesta después de la cena. De todas formas no soy un experto, soy sólo el sobrecargo.
En este punto el señor Botibol se levantó.
—Perdónenme —dijo, y se marchó abriéndose camino entre las mesas.
Varias veces tuvo que cogerse al respaldo de una silla para no caerse, a causa de uno de los bandazos del barco.
—Al puente, por favor —dijo al ascensorista.
El viento le dio en pleno rostro cuando salió al puente. Se tambaleó y se agarró a la barandilla con ambas manos. Allí se quedó mirando al negro mar, las grandes olas que se curvaban ante el barco, llenándolo de espuma al chocar contra él.
—Hace muy mal tiempo, ¿verdad, señor? —comentó el ascensorista cuando bajaban.
El señor Botibol se estaba peinando con un pequeño peine rojo.
—¿Cree que hemos disminuido la velocidad a causa del tiempo? —preguntó.
—¡Oh, sí, señor! La velocidad ha disminuido considerablemente al empezar el temporal. Se debe reducir la velocidad cuando el tiempo es tan malo, porque los pasajeros caerían del barco.
Abajo, en el salón, la gente empezó a reunirse para la subasta. Se agruparon en diversas mesas, los hombres un poco incómodos, enfundados en sus trajes de etiqueta, bien afeitados y al lado de sus mujeres, cuidadosamente arregladas. El señor Botibol se sentó a una mesa, cerca del que dirigía las apuestas. Cruzó las piernas y los brazos y se sentó en el asiento con el aire despreocupado del hombre que ha decidido algo muy importante y no quiere tener miedo.
La apuesta, se dijo a sí mismo, sería aproximadamente de siete mil dólares, o al menos ésa había sido la cantidad de los dos días anteriores. Como el barco era inglés, esta cifra sería su equivalente en libras, pero le gustaba pensar en el dinero de su propio país, siete mil dólares era mucho dinero, mucho. Lo que haría sería cambiarlo en billetes de cien dólares, los llevaría en el bolsillo posterior de su chaqueta; no había problema. Inmediatamente compraría un Lincoln descapotable, lo recogería y lo llevaría a casa con la ilusión de ver la cara de Ethel cuando saliera a la puerta y lo viera. Sería maravilloso ver la cara que pondría cuando él saliera de un Lincoln descapotable último modelo, color verde claro.
«¡Hola, Ethel, cariño! —diría, hablando, sin darle importancia a la cosa—, te he traído un pequeño regalo. Lo vi en el escaparate al pasar y pensé que tú siempre deseaste uno. ¿Te gusta el color, cariño?» Luego la miraría.
El subastador estaba de pie detrás de la mesa. —¡Señoras y señores! —gritó—, el capitán ha calculado el recorrido del día, que terminará mañana al mediodía; en total son quinientas quince millas. Como de costumbre, tomaremos los diez números que anteceden y siguen a esta cifra, para establecer la escala; por lo tanto serán entre quinientas cinco y quinientas veinticinco; y naturalmente, para aquellos que piensen que el verdadero número está más lejos, habrá un «punto bajo» y un «punto alto» que se venderán por separado. Ahora sacaré los primeros del sombrero…, aquí están… ¿Quinientos doce?
No se oyó nada. La gente estaba sentada en sus sillas observando al subastador; había una cierta tensión en el aire y al ir subiendo las apuestas, la tensión fue aumentando. Esto no era un juego: la prueba estaba en las miradas que dirigía un hombre a otro cuando éste subía la apuesta que el primero había hecho; sólo los labios sonreían, los ojos estaban brillantes y un poco fríos.
El número quinientos doce fue comprado por ciento diez libras. Los tres o cuatro números siguientes alcanzaron cifras aproximadamente iguales.
El barco se movía mucho y cada vez que daba un bandazo los paneles de madera crujían como si fueran a partirse. Los pasajeros se cogían a los brazos de las sillas, concentrándose al mismo tiempo en la subasta.
—Punto bajo —gritó el subastador—, el próximo número es el punto más bajo.
El señor Botibol tenía todos los músculos en tensión. Esperaría, decidió, hasta que los otros hubiesen acabado de apostar, luego se levantaría y haría la última apuesta. Se imaginaba que tendría por lo menos quinientos dólares en su cuenta bancaria, quizá seiscientos. Esto equivaldría a unas doscientas libras, más de doscientas. El próximo boleto no valdría más de esa cantidad.
—Como ya saben todos ustedes —estaba diciendo el subastador—, el punto bajo incluye cualquier número por debajo de quinientos cinco. Si ustedes creen que el barco va a hacer menos de quinientas millas en veinticuatro horas, o sea hasta mañana al mediodía, compren este número. ¿Qué apuestan?
Se subió hasta ciento treinta libras. Además del señor Botibol, había algunos que parecían haberse dado cuenta de que el tiempo era tormentoso. Ciento cincuenta… Ahí se paró. El subastador levantó el martillo.
—Van ciento cincuenta…
—¡Sesenta! —dijo el señor Botibol. Todas las caras se volvieron para mirarle.
— ¡Setenta!
—¡Ochenta! —gritó el señor Botibol.
—¡Noventa!
—¡Doscientas! —dijo el señor Botibol, que no estaba dispuesto a ceder.
Hubo una pausa.
—¿Hay alguien que suba a más de doscientas libras?
«Quieto —se dijo a sí mismo—, no te muevas ni mires a nadie, eso da mala suerte. Contén la respiración. Nadie subirá la apuesta si contienes la respiración.»
—Van doscientas libras…
El subastador era calvo y las gotas de sudor le resbalaban por su desnuda cabeza.
—¡Uno…!
El señor Botibol contuvo la respiración.
—¡Dos…! ¡Tres!
El hombre golpeó la mesa con el martillo. El señor Botibol firmó un cheque y se lo entregó al asistente del subastador, luego se sentó en una silla a esperar que todo terminara. No quería irse a la cama sin saber lo que se había recaudado.
Cuando se hubo vendido el último número lo contaron todo y resultó que habían reunido unas mil cien libras, o sea, seis mil dólares. El noventa por ciento era para el ganador y el diez por ciento era para las instituciones de caridad de los marineros. El noventa por ciento de seis mil eran cinco mil cuatrocientas; bien, era suficiente. Compraría el Lincoln descapotable y aún le sobraría. Con estos gloriosos pensamientos se marchó a su camarote feliz y contento dispuesto a dormir toda la noche.
Cuando el señor Botibol se despertó a la mañana siguiente, se quedó unos minutos con los ojos cerrados, escuchando el sonido del temporal, esperando el movimiento del barco. No había señal alguna de temporal y el barco no se movía lo más mínimo. Saltó de la cama y miró por el ojo de buey. ¡Dios mío! El mar estaba como una balsa de aceite, el barco avanzaba rápidamente, tratando de ganar el tiempo perdido durante la noche. El señor Botibol se sentó lentamente en el borde de su litera. Un relámpago de temor empezó a recorrerle la piel y a encogerle el estómago. Ya no había esperanza, un número alto ganaría la apuesta. —¡Oh, Dios mío! —dijo en voz alta—. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué diría Ethel, por ejemplo? Era sencillamente imposible explicarle que se había gastado la casi totalidad de lo ahorrado durante los dos últimos años en comprar un ticket para la subasta. Decirle eso equivalía a exigirle que no siguiera firmando cheques. ¿Y qué pasaría con los plazos del televisor y de la Enciclopedia Británica’? Ya le parecía estar viendo la ira y el reproche en los ojos de la mujer, el azul deviniendo gris y los ojos mismos achicándosele como siempre les ocurría cuando se colmaban de ira.
—¡Oh, Dios mío!, ¿qué puedo hacer?
No cabía duda de que ya no tenía ninguna posibilidad, a menos que el maldito barco empezase a ir marcha atrás. Tendrían que volver y marchar a toda velocidad en sentido contrario, si no, no podía ganar. Bueno, quizá podría hablar con el capitán y ofrecerle el diez por ciento de los beneficios, o más si él accedía.
El señor Botibol empezó a reírse, pero de repente se calló y sus ojos y su boca se abrieron en un gesto de sorpresa porque en aquel preciso momento le había llegado la idea. Dio un brinco de la cama, terriblemente excitado, fue hacia la ventanilla y miró hacia afuera.
—Bien —pensó—. ¿Por qué no? El mar estaba en calma y no habría ningún problema en mantenerse a flote hasta que le recogieran. Tenía la vaga sensación de que alguien ya había hecho esto anteriormente, lo cual no impedía que lo repitiera. El barco tendría que parar y lanzar un bote y el bote tendría que retroceder quizá media milla para alcanzarlo. Luego tendría que volver al barco y ser izado a bordo, esto llevaría por lo menos una hora. Una hora eran unas treinta millas y así haría disminuir la estimación del día anterior. Entonces entrarían en el punto bajo y ganaría. Lo único importante sería que alguien le viera caer; pero esto era fácil de arreglar. Tendría que llevar un traje ligero, algo fácil para poder nadar. Un traje deportivo, eso es. Se vestiría como si fuera a jugar al frontón, una camisa, unos pantalones cortos y zapatos de tenis. ¡Ah!, y dejar su reloj.
¿Qué hora era? Las nueve y quince minutos. Cuanto más pronto mejor. Hazlo ahora y quítate ese peso de encima. Tienes que hacerlo pronto porque el tiempo límite es el mediodía.
El señor Botibol estaba asustado y excitado cuando subió al puente vestido con su traje deportivo. Su cuerpo pequeño se ensanchaba en las caderas y los hombros eran extremadamente estrechos. El conjunto tenía la forma de una pera. Las piernas blancas y delgadas, estaban cubiertas de pelos muy negros.
Salió cautelosamente al puente y miró en derredor. Sólo había una persona a la vista, una mujer de mediana edad, un poco gruesa, que estaba apoyada en la barandilla mirando al mar. Llevaba puesto un abrigo de cordero persa con el cuello subido de tal forma que era imposible distinguir su cara.
La empezó a examinar concienzudamente desde lejos. Sí, se dijo a sí mismo, ésta, probablemente, servirá. Era casi seguro que daría la alarma en seguida. Pero espera un momento, tómate tiempo, William Botibol. ¿Recuerdas lo que pensabas hacer hace unos minutos en el camarote, cuando te estabas cambiando? ¿Lo recuerdas?
El pensamiento de saltar del barco al océano, a mil millas del puerto más próximo, le había convertido en un hombre extremadamente cauto. No estaba en absoluto tranquilo, aunque era seguro que la mujer daría la alarma en cuanto él saltara. En su opinión había dos razones posibles por las cuales no lo haría. La primera: que fuese sorda o ciega. No era probable, pero por otra parte podía ser así y ¿por qué arriesgarse? Lo sabría hablando con ella unos instantes. Segundo, y esto demuestra lo suspicaz que puede llegar a ser un hombre cuando se trata de su propia conservación, se le ocurrió que la mujer podía ser la poseedora de uno de los números altos de la apuesta y por lo tanto tener una poderosa razón financiera para no querer hacer detener el barco. El señor Botibol recordaba que había gente que había matado a sus compañeros por mucho menos de seis dólares. Se leía todos los días en los periódicos. ¿Por qué arriesgarse entonces? Arréglalo bien y asegura tus actos. Averígualo con una pequeña conversación. Si además la mujer resultaba agradable y buena, ya estaba todo arreglado y podía saltar al agua tranquilo.
El señor Botibol avanzó hacia la mujer y se puso a su lado, apoyándose en la barandilla.
—¡Hola! —dijo galantemente.
Ella se volvió y le correspondió con una sonrisa sorprendentemente maravillosa y angelical, aunque su cara no tenía en realidad nada especial.
—¡Hola! —le contestó.
Ya tienes la primera pregunta contestada, se dijo el señor Botibol, no es ciega ni sorda…
—Dígame —dijo, yendo directamente al grano—. ¿Qué le pareció la apuesta de anoche?
—¿Apuesta? —preguntó extrañada—. ¿Qué apuesta?
—Es una tontería. Hay una reunión después de cenar en el salón y allí se hacen apuestas sobre el recorrido del barco. Sólo quería saber lo que piensa de ello.
Ella movió negativamente la cabeza y sonrió agradablemente con una sonrisa que tenía algo de disculpa.
—Soy muy perezosa —dijo—. Siempre me voy pronto a la cama y allí ceno. Me gusta mucho cenar en la cama.
El señor Botibol le sonrió y dio la vuelta para marcharse.
—Ahora tengo que ir a hacer gimnasia, nunca perdono la gimnasia por la mañana. Ha sido un placer conocerla, un verdadero placer…
Se retiró unos diez pasos. La mujer le dejó marchar sin mirarle.
Todo estaba en orden. El mar estaba en calma, él se había vestido ligeramente para nadar, casi seguro que no había tiburones en esa parte del Atlántico, y también contaba con esa buena mujer para dar la alarma. Ahora era sólo cuestión de que el barco se retrasara lo suficiente a su favor. Era casi seguro que así ocurriría. De cualquier modo, él también ayudaría un poco. Podía poner algunas dificultades antes de subir al salvavidas, nadar un poco hacia atrás y alejarse subrepticiamente mientras trataban de ayudarle. Un minuto, un segundo ganado, eran preciosos para él. Se dirigió de nuevo hacia la barandilla, pero un nuevo temor le invadió. ¿Le atraparía la hélice? El sabía que les había ocurrido a algunas personas al caerse de grandes barcos. Pero no iba a caer, sino a saltar y esto era diferente, si saltaba a buena distancia, la hélice no le cogería.
El señor Botibol avanzó lentamente hacia la barandilla a unos veinte metros de la mujer. Ella no le miraba en aquellos momentos. Mejor. No quería que le viera saltar. Si no lo veía nadie, podría decir luego que había resbalado y caído por accidente. Miró hacia abajo. Estaba bastante alto, ahora se daba cuenta de que podía herirse gravemente si no caía bien. ¿No había habido alguien que se había abierto el estómago de ese modo? Tenía que saltar de pie y entrar en el agua como un cuchillo. El agua parecía fría, profunda, gris. Sólo mirarla le daba escalofríos, pero había que hacerse el ánimo, ahora o nunca.
«Sé un hombre, William Botibol, sé un hombre. Bien… ahora… vamos allá.»
Subió a la barandilla y se balanceó durante tres terribles segundos antes de saltar, al mismo tiempo que gritaba:
—¡Socorro!
—¡Socorro! ¡Socorro! —siguió gritando al caer.
Luego se hundió bajo el agua.
Al oír el primer grito de socorro la mujer que estaba apoyada en la barandilla dio un salto de sorpresa. Miró a su alrededor y vio al hombrecillo vestido con pantalones cortos y zapatillas de tenis, gritando al caer. Por un momento no supo qué decisión tomar: hacer sonar la campanilla, correr a dar la voz de alarma, o simplemente gritar. Retrocedió un paso de la barandilla y miró por el puente, quedándose unos instantes quieta, indecisa. Luego, casi de repente, se tranquilizó y se inclinó de nuevo sobre la barandilla mirando al mar. Pronto apareció una cabeza entre la espuma y un brazo se movió una, dos veces, mientras una voz lejana gritaba algo difícil de entender. La mujer se quedó mirando aquel punto negro; pero pronto, muy pronto, fue quedando tan lejos, que ya no estaba segura de que estuviera allí.
Después de un ratito apareció otra mujer en el puente. Era muy flaca y angulosa