Kant considera todavía la música entre las artes agradables, y sin duda tendría a Mozart por artista, pero por artista en el sentido en que lo son los actores, los toreros o los trapecistas de un circo, pero no lo conceptuaría en absoluto como genio. Para Kant el genio es una especie de fuerza de la naturaleza, mediante la cual ésta da la regla al arte y particularmente a las bellas artes, que son su producto. Las características más importantes del genio son la originalidad, en el sentido de que el genio no imita, y la ejemplaridad, en el sentido de que sus productos en general, es decir las obras de arte, son objeto de imitación. Pero hay una tercera característica del artista genial señalada por Kant, que no nos debe pasar desapercibida: y es que el genio no puede indicar científicamente cómo elaborar sus productos. Kant lo explica de este modo:
El genio no puede él mismo descubrir o indicar científicamente cómo realiza sus productos, sino que da la regla de ello como naturaleza, y de aquí que el creador de un producto que debe a su propio genio no sepa él mismo cómo en él las ideas se encuentran para ello, ni tenga poder para encontrarlas cuando quiere (...), ni comunicarlas a otros en forma de preceptos que los pongan en estado de crear iguales productos (por eso probablemente se hace proceder genio de genius, espíritu peculiar dado a un hombre desde su nacimiento y que le protege y dirige, y de cuya presencia procederían esas ideas originales).
Por eso aquí Kant está preparando el concepto de artista romántico, como si se tratara de una especie de místico o de alucinado, que crea la obra de arte de modo intuitivo, por una cierta locura o inspiración, pero que en último término él mismo no sabe cómo la crea y por eso tampoco es capaz de explicárselo a otros. Es decir, no es capaz de enseñar ni transmitir su arte.
Este seria el tipo de artista romántico que ejemplificaría Beethoven. Citamos en el siguiente texto palabras de Beethoven:
Me preguntaréis de dónde tomo mis ideas. No puedo decirlo com grado de certeza alguno: acuden a mí sin invitación, directa o indirectamente.Podría casi tomarlas en mis manos, al aire libre en la naturaleza, en los bosques, durante mis paseos, en el silencio de la noche, durante los primeros albores. Las despiertan estados de ánimo que, en el caso del poeta, se transmutan en palabras, y en el mío, en sonidos, que resuenan, rugen y braman hasta que, por fin, asumen para mí la forma de notas.